sábado, 4 de enero de 2014

Fantasía o realidad?

En cuanto llega me ordena quedarme en el centro del salón. Visto falda a media pierna negra, top del mismo color y blusa también negra transparente. Medias a medio muslo y zapato de tacón. Me observa detenidamente valorando la mercancía que ha adoptado, puesto que no soy más que eso, mercancía, un juguete para su uso y disfrute. Va quitando lentamente cada una de las prendas, acariciando mi piel, comprobando su tacto y suavidad, hasta que quedo sólo en ropa interior. Lo estoy pasando mal, no me gusta exhibirme, me incomoda, y usted se da cuenta, precisamente por eso lo prolonga, me está poniendo a prueba y lo sé. No obstante estoy excitada, me excita el tacto de sus manos cuando me acaricia, me excitan las palabras que susurra a mi oído, diciéndome cuanto le gusto y cómo va a usarme. Me deja en mi posición y se aleja, sentándose en un sillón mientras me mira con atención. Me hace girar, quiere verme bien. Estoy roja, avergonzada, pero eso no le detiene. Después de un buen rato me ordena quitarme el sujetador. Obedezco y se acerca a mí, sopesa mis tetas, acaricia mis pezones, los pellizca. Estruja mis pechos calibrando su peso, presiona los pezones esperando mi respuesta.

Estoy enfadada, excitada pero enfadada, me siento incómoda, le pedí que no me hiciera pasar por algo así, de modo que no hay respuesta. Aumenta la presión y mordiéndome los labios no me quejo, no gimo, mirándole a los ojos retadora, impasible. Se ríe a carcajadas, perra orgullosa. Me ordena quitarme las bragas. Veremos si eres tan chula cuando inspeccione tus orificios. Se acerca a mí de nuevo y me obliga a abrir la boca, introduce en ella primero un dedo, después dos, finalmente la mitad de la mano, pinza mi lengua con sus dedos y me hace sacarla, comprobando la saliva que genera. Mi respiración se acelera y sonríe. Me obliga a abrir las piernas y hace lo mismo con mi sexo, introduce sus dedos, abre los labios, comenta sobre él. Roza mi clítoris y doy un respingo. Se ríe porque por fin me ha hecho reaccionar. Se pone tras de mí y pasa su mano por mis nalgas. Dos rápidos azotes me hacen vibrar de nuevo y regresa a mi sexo. Empieza a trabajar con sus dedos y yo empiezo a gemir. No perrita, aun no te lo has ganado, me lo vas a suplicar, lo quieres? Naturalmente respondo que me es indiferente y un gesto demasiado altanero se me escapa. Bueno, bueno, nos vamos a divertir. Esa es la forma de comportarte ante tu Amo? Me doy cuenta demasiado tarde de que, una vez más, me he pasado de la raya y me doy cuenta de que lo voy a pagar.

No esperaba empezar tan pronto con tu disciplina, pero creo que no debo perder ni un minuto más, voy a enseñarte como debes tratar a tu Dueño. Ata mis manos entre ellas y las une al techo, muy tirantes, casi estoy de puntillas. Hace lo mismo con mi cabello inmovilizándome completamente y coge su flogger. Creo recordar que tienes pendiente otro castigo, así que empezaremos por ése. Empieza a azotar mi espalda, intento moverme, me duele, estoy falta de práctica y muy sensibilizada por sus caricias, pero aun así consigo llegar al final sin quejarme.

Introduce sus dedos en mi vagina y comprueba que estoy muy mojada, se ríe, me insulta, se burla de mí por ser tan fácil y tan perra, mientras sus dedos me llevan a mi primer orgasmo de sus manos. Me estremezco, tiemblo y sin dejarme reaccionar me desata. Une ahora mis manos a la espalda, me obliga a inclinarme y nuevamente une la cuerda al techo. Me queda un orificio por comprobar, perra, creías que lo había olvidado?.

Abre mis nalgas y acerca un dedo a mi ano, doy un brinco y suplico. Por favor Señor, no. Se entretiene en la zona disfrutando de mi temor y mi verguenza. Señor? Has dicho Señor? No vas a aprender nunca, perra inútil? Te tenía por inteligente y eres una auténtica boba. Vamos a premiar ese trato.

Me desata de nuevo y me lleva hasta una silla, me inclina sobre su respaldo y me hace apoyar mis manos en el asiento. Empieza a contar. Si te equivocas comenzaré de nuevo. Si te mueves comenzaré de nuevo. Coge su fusta y empieza a azotar mi culo, alternando nalgas y aumentando poco a poco la intensidad. Llegamos a 20 y creo que ya no puedo resistir más, pero sigue adelante. Mi culo arde, quema, procuro no moverme pero es muy difícil, a partir de 30 empiezo a quejarme, no sé cuánto va a durar, no sé los que faltan y eso me desespera. 40 y ya sólo puedo balbucear los números, empiezo a lloriquear, a suplicar que pare, introduce sus dedos en mi coño y comprueba nuevamente su humedad, de modo que no se detiene, 50 creo que me voy a morir mi cara ya es un poema, intento no llorar, estaba segura de que ahí pararía y no se detiene, cuando temo que vengan otros 10 se para.

Me hace incorporar, me besa, me acaricia, me abraza, me da las gracias y me dice lo orgulloso que está de mí. Me coge del cabello y me lleva inclinada hasta el sofá, me obliga a apoyar mis manos en el asiento y acaricia mis nalgas, mi espalda, me dejo hacer, me estoy relajando. Sus dedos empiezan a escarbar mi coño, introduce uno en la vagina, después otro, se ríe de mi humedad y facilidad de dilatación, entra casi toda su mano. Me ordena acariciarme el clítoris mientras me practica un fisting. Su mano entra y sale de mi sexo con una facilidad pasmosa, gimo, me convulsiono, me voy a morir de placer. Puedo correrme, mi Amo? Aun no, ni se te ocurra.

Sigue taladrándome, me lleva al punto máximo de excitación, no voy a poder contenerme y cuando decido que no importa, que necesito dejarme ir... Para! Saca su mano y me obliga a ponerme de pie. Ahora demuéstrame lo puta que eres y quizás te deje disfrutar. Se desnuda, se sienta en el sofá, tira un cojín al suelo y me hace arrodillarme. A ver si me sirves como perra lamedora... acaricio sus piernas muy despacio mirándole lasciva, haciéndole desearlo. Mis uñas rozan su piel y le hacen estremecer, me relamo pensando en lo que va a venir, me acerco a su pene, lo olisqueo como una buena perra y paso suavemente la lengua por el capullo. Da un brinco, le miro traviesa y sonrío. Está en mis manos, quiero hacerle disfrutar y no quiero que sea lento. Paso una uña suavemente por sus testículos al tiempo que mi lengua empieza a recorrer su pene desde la base a la cabeza, presionando unas veces, muy suavemente otras, sin dejar de mirarle, jugando con mi saliva, haciendo ruido y marraneando con las babas como una niña traviesa. Se me escapa un gemido, estoy deseándolo tanto como usted. Los pezones duros, el clítoris erecto. Mi lengua empieza a hacer círculos en el capullo, muy despacio, a veces se introduce en el orificio, juega en esa zona tan sensible, mientras mis dedos no dejan de acariciarle los huevos. Le siento vibrar, pero le quiero hacer sufrir. Le miro provocadora, la lengua fuera, los ojos brillantes, los labios hinchados por el deseo. Abro la boca e introduzco el prepucio, sólo el prepucio, mientras con la lengua le doy golpecitos, excitándole más y más, hasta que no puede soportarlo y cogiendo mi cabeza me la ensarta hasta la garganta. Empieza a follarme la boca, cada vez más rápido, más profundo, mi lengua sigue acariciándole en el interior, mis uñas pellizcan sus huevos. Traga, perra, tengo arcadas, me lloran los ojos, pero no se compadece de mí. Sabe que no quiero que lo haga, quiero que me use hasta el final, soy feliz, me siento grande y me siento suya. Sigo tragando, combato las arcadas, intento tragar más profundo. Voy a correrme en ti, balbuceo un por favor que no sé si llega a oir y se vacía en mi boca con un gruñido. 

Me aparta, me besa. Gracias mi perra, eres la mejor y ahora quiero verte disfrutar. Mastúrbate para mí.
Me tumbo en el suelo y abro las piernas. Me muestro, ofrecida, y empiezo a tocarme. Me acaricio unos instantes y no puedo aguantar más la excitación. Puedo, mi Amo? Sí, puedes. Dámelo. Pellizco muy fuerte un pezón y me corro como una perra, como lo que soy. Su perra y Su diosa.

Anastasia ©
25.12.2013

Una Navidad distinta



Eran épocas navideñas y estaban a punto de salir a ver un belén viviente. Ella no tenía ganas de ir, prefería quedarse arrebujadita en una manta, sentada junto a la chimenea leyendo, escribiendo, pensando en lo que prepararía para cenar. Pero El insistió en que salieran. La mandó arreglarse y cuando estaba en ello apareció en el dormitorio. Llevaba una falda negra y una blusa negra transparente. Sabía que le gustara que vistiera así para El, elegante y sensual.

Ya casi estoy, acabo de maquillarme y me pongo el abrigo. No estoy de acuerdo.No quieres que me ponga el abrigo?No, no estás lista, te sobra ropa.Qué me va a sobrar? Hace mucho frío ahí fuera.Te sobra la falda, querida, hoy te quiero puta, más que eso, te quiero muy puta. Quiero que sepas que no llevas nada debajo, que si el abrigo se abre cualquiera puede verlo. Te quiero tensa y te quiero excitada. Porque voy a usarte cuando volvamos. Quítate la falda.

Sólo escuchar esa frase hizo que un calambre recorriera su cuerpo desde la vagina a los pezones. Se quitó la falda despacio, alegrándose de haberse puesto las medias en lugar de elegir unos pantys y se plantó ante El chula y retadora, como siempre.

Le parece bien al Señor?Excelente, ponte el abrigo que nos vamos.

Pasearon entre el gentío, disfrutaron el espectáculo mientras a cada ráfaga de viento ella sujetaba el abrigo impidiendo que se abriera, ante las carcajadas de El.

Incómoda, perra?Un poquito, Señor.Pero empapada, me equivoco?No, Señor. Gracias.Estupendo, así quiero que sigas. Espera he visto a unos conocidos entrar en aquel bar, vamos a saludarles.

Se dirigieron al local, entraron, saludaron y se sentaron a una mesa rodeados de gente alborotadora. En el local hacía calor, la calefacción estaba a tope y además estaba lleno. Todos andaban en mangas de camisa, pero ella, por supuesto, seguía con el abrigo puesto.

No quieres quitarte el abrigo, nena?- Le dijo procurando ser oido entre las voces, lo suficientemente escuchado como para que algunas cabezas se giraran a mirarles.No, que va, parece que he cogido frío porque no entro en calor -Respondió roja hasta la raíz del cabello.Pues chica, te ves coloradita...

Cuando la ponía en estas situaciones era capaz de odiarle, mirándola con esa media sonrisa socarrona, burlándose de su azoramiento. Le entraron ganas de matarlo. Sólo quería irse de allí, ya, cuanto antes, y cuanto más incómoda se sentía ella más se reía y participaba de las conversaciones El. Parecía que aquello no iba a acabarse nunca, hasta que por fin, como siempre cuando menos lo esperaba

Bueno, nosotros nos vamos. Querida?Sí, sí, vámonos que es tarde, con una sonrisa de oreja a oreja.

Salieron a la calle, nuevamente el empeño de cerrar el abrigo. Subieron al coche y empezaron a circular en dirección a casa. Ella se acomodó en el asiento ya más relajada, había algo de tráfico y el tránsito de camiones era continuo a esa hora.

Desabróchate el abrigo.Pero Señor, pueden verme.No lo repetiré.

Bufando hizo lo que se le ordenaba y lo desabrochó dejándolo cerrado. Una mirada de El bastó para que, volviendo a bufar, lo abriera del todo justo cuando llegaban a un semáforo en rojo.

Así está a gusto del Caballero?Sí, parece que le gusta, míralo, está flipando.

Sorprendida siguió su mirada y vió a un hombre al volante de un camión con los ojos abiertos como platos, que no se podía creer lo que estaba viendo. Su primer impulso fue cerrar el abrigo...

Ni se te ocurra, recuerda que eres una puta, déjalo que disfrute.

El trayecto se le hizo eterno. Los semáforos parecían confabulados con la voluntad de su Dueño y cada vez que se detenían en uno, un vehículo alto se detenía al lado. Una y otra vez las mismas miradas de sorpresa que se convertían en deseo. Se sentía incómoda y al mismo tiempo halagada. Se sentía deseada y se sentía despreciable. Se sentía una perra, se sentía una puta. Se sentía su puta.

Por fin llegaron a casa y la detuvo sin dejarla ir al dormitorio. La besó con suavidad, le quitó el abrigo y empezó a desabotonar la blusa muy despacio.

Lo has hecho muy bien, perra, y vas a recibir tu premio por eso, pero no me hagas enfadar, hoy me siento perverso, y sabes lo peligroso que puedo ser perverso y cabreado a la vez.

La perra se dejó hacer empezando a relajarse. Una vez la tuvo desnuda le ordenó que no se moviera, puso un tronco grueso en la chimenea junto con una rama de encina y desapareció de su vista.

Volvió con las cuerdas en la mano y la llevó hasta la pared donde estaban colocados estratéticamente aquellos clavos. La ató en cruz, la perra abierta, expuesta, entregada, la mirada baja ofreciéndose.

Una fusta en sus manos, una voz rota ronca, profunda, unos ojos implacables. Olor a encina en el aire. Caricias que eran torturas, la perra mojada, empapada, sudor y lágrimas de deseo. Ansiosa. Expectante. Caliente.

El Caballero observándola, pasando un dedo por su piel, casi sin tocarla. Susurrándole al oido lo que va a ver, lo que le va a hacer, de qué manera la va a usar.

El dedo recorriendo su cuerpo, los costados hasta llegar al ombligo. La perra temblando de ansiedad. Los labios entreabiertos, suspirando. Los ojos cerrados, la mente vacía, dedicándose sólo a sentir, a dejarse llevar. A servir.

A cada minuto más húmeda. Sus pezones erectos hasta resultar doloroso. Lamiéndose los labios con la punta de la lengua, provocadora, sugerente.

Hasta que el primer golpe de fusta la hace lanzar un gemido. No grita, no se queja. Sólo gime. Gime y da las gracias. Su excitación sube aún más. Se acelera la respiración. su pecho sube y baja. Espera el siguiente golpe y no llega. Lo desea y no llega. El disfrutando de la tensión.

Hasta que en agradecimiento caen dos azotes seguidos. Fuertes. Intensos ... uno en cada pezón...

Se muerde los labios secos. Asume el dolor. Lo gestiona, lo domina. Es lo que quiere, no se va a quejar. Los agradece, esta vez con la voz temblorosa.

La desata y la lleva de nuevo hasta la alfombra cogiéndola del cabello. La obliga a ponerse de rodillas y coloca dos pinzas en sus pezones. Abre sus labios vaginales y deposita un vibrador clitoriano en el punto exacto, accionándolo a máxima velocidad. Después la hace colocarse a cuatro patas y se marcha a la cocina. Vuelve con un calabacín en una mano y algo envuelto en papel de aluminio en la otra, colocando esto último en las brasas, bajo el tronco grueso.

Se planta ante ella, desabrocha el pantalón y saca su miembro. Erecto, duro. La perra se relame y empieza a jugar con él. La lengua recorriéndolo a lo largo, haciendo círculos, la boca caliente, se entretiene traviesa, disfrutando del deseo de su Dueño, quien con un gemido la coge de la nuca y empuja su cabeza contra su pelvis metiéndosela hasta la garganta. Empujando más adentro, más fuerte, más duro. La lengua jugando con el glande y El forzándola a tragar más y más profundo.

De repente sale de ella -no te muevas de ahí- y recoge el objeto envuelto, extrae el papel y descubre una patata, comprueba la temperatura y la coloca sobre su espalda. Coge el calabacín que dejó sobre la mesa y lo introduce en la vagina.

Vuelve a su posición y le introduce de nuevo la polla en la boca, mientras le da instrucciones:

No quiero que caiga la patata ni que se salga el calabacín. Si ocurre una cosa o la otra te castigaré. Tú misma.

La perra gimotea, suspira, es demasiado, va a morirse de gusto, el vibrador sigue haciendo su trabajo, necesita correrse pero sabe que no puede hacerlo sin permiso. Su rabo le llena la boca. El clítoris hinchado, la patata caliente rodando por la espalda y una voz rota. Procura que no se te caiga, perra.

La perra conteniendo su orgasmo, deseando que le conceda el placer.

De repente saca la polla de la boca. No es el momento aún, zorra. No te lo has ganado. Ella protesta, hace un gesto de disgusto y se descuida, provocando que la patata caiga al suelo.

Su mirada de reproche le dice lo que va a venir. Lo teme y lo desea a la vez. Te dije que no me cabrearas. Tú y tus gestos de rebeldía. Extrae el calabacín de la vagina y lo introduce en su ano hasta la mitad. Sabe que le cuesta, sabe que le duele, pero se lo ha ganado a pulso. Tres azotes secos en cada nalga y vuelve a poner la patata al fuego...

Empieza a quejarse, a revolverse, a rebelarse... Pero al inundarse de nuevo su boca de rabo no puede más que relajarse y aceptar.

Intenta calmarse, sabe que es lo que El quiere, pero no puede, se mueve, procura dejar su culo libre discretamente, con cuidado para que no lo note Pero El se da cuenta, se inclina y le susurra al oído... Ahora sí vas a sentir tu culo bien lleno, perra, mientras se sitúa a su espalda.

Ronronea como una gata. Llo buscaba, lo deseaba. A pesar del dolor, de la incomodidad, es Suya y quiere dárselo.

Acerca su polla lentamente, la apoya a la entrada sin moverse, jugando con la patata de nuevo caliente. Quiere que lo desee, que lo suplique. Sabe que no va a haber termino medio, entrará de un solo golpe y hasta el fondo. Ella lo teme tanto como lo desea quiere que ocurra ya. Que la rompa, que la parta en dos. Quiere que la llene de El Lo que no sabe es cuando va a ser el golpe de gracia. Mientras sólo siente el latido en la entrada. Suspira nerviosa, agitada, mueve su culo provocadora. La tiene donde quería pero se resiste a pedirlo, se rebela contra ello.

Cogiendo los pezones con ambas manos comienza a presionarlos con fuerza, cada vez más... y más.

Grita de placer, lo quiere en ella y lo quiere ya... Por favor, Señor.. no puede resistir el deseo, su necesidad Y cuando El siente que no va a soportarlo más de un empujón mete todo el rabo el culo ofrecido, tirando hacia El de los pezones al mismo tiempo. La perra grita, un espasmo la recorre de la cabeza a los pies y se corre entre gemidos y convulsiones mientras El se queda dentro, muy dentro de ella, haciéndola sentir poseída en la plenitud de la palabra. Poseída y ofrecida...

Taladrándola, rompiéndola, haciéndola sentirse suya, más suya que nunca. Mientras El sigue usándola entre sus lloriqueos y quejidosentre el dolor y el deseo. Así, con embestidas casi salvajes hasta que se cansa, hasta que está a punto de su orgasmo. Ahora de rodillas, voy a correrme en tus tetas....

Sale de ella, la coge del pelo con una mano y con la otra sacude su polla ante su cara. La perra abre la boca, saca la lengua, lo quiere, lo necesita. Necesita su placer. Es su regalo, no podría haberlo mejor. Junta tus tetas para recibir tu premio perra. Une y levanta sus pechos ofreciéndoselos mientras le mira agradecida.

El gime, grita, tiembla, mientras ella espera paciente, ofrecida a ser usada de nuevo. La boca abierta, las tetas apretadas entre sus manos, mirándole con adoración hasta que se vacía sobre ella. Quiero que dejes bien limpio tanto mi rabo como las tetas, que no quede ni un solo resto. 

La puta lame el néctar. Lo disfruta, lo saborea. Primero el rabo que venera, esta vez sólo con la punta de la lengua, casi sin tocarle. Después acerca sus tetas a su boca y recoge todo lo que encuentra, jugando con el semen, mirándole pícara. Saboreando el premio obtenido. Feliz de habérselo ganado.

Su pelo una maraña, la pintura corrida, los ojos brillantes, los labios hinchados. Feliz y entregada, satisfecha de servir y de merecer...

y un olor a encina inundando el ambiente.

Este año Papá Noel se ha portado muy bien. No podía ser menos, es una buena chica y las buenas chicas siempre tienen su premio... o deberían.

Anastasia ©
22.12.2013

Dolor

Hoy quería dedicarse a sus pechos, la había avisado, quería torturarlos, masacrarlos, quería hacerla llorar y gritar, necesitaba que suplicara, necesitaba verla sufrir y lo iba a tener, porque para eso estaba ella, para dárselo.

Ató sus manos uniéndolas por las muñecas y pasó la cuerda por la arandela del techo, hizo una polea, provocando que quedara casi de puntillas y ató el cabo al que unía las manos. Le gustaba verla así, tensa, totalmente expuesta para él. Su piel, brillante por el sudor, sus labios temblorosos, su mirada baja, esperando, siempre esperando.

Pasó un dedo por su espalda, sus costados, haciéndola vibrar y estremecerse. Acarició su rostro y fue descendiendo hasta sus pechos, despacio, sin prisas, provocando que ella cerrara los ojos para disfrutar más del contacto. La besó suavemente en los labios y cogió un pezón entre sus dedos. Empezó a acariciarlo, dejando que la perra se relajara y cuando menos lo esperaba empezó a presionar, apretaba la punta, donde sabía que más dolía, sus dedos estaban casi pegados con el pezón entre ellos, lo aplastaba, lo retorcía, ella boqueaba, mi Señor, se quejaba, suspiraba. Cogió el otro pezón y empezó a trabajarlo de la misma forma, los dos a la vez, los giraba, tiraba de ellos, alzaba los pechos, el dolor empezaba a ser intenso, muy intenso, por favor mi Señor...

Soltó uno y deslizó la mano hasta su coño, sonriendo al comprobar que ya estaba empapada, sacó los dedos mojados, brillantes, lame, cerda, lámete. La perra lamía con fruición sus manos, sus dedos, disfrutando de su sabor, mientras él seguía torturando y masacrando el pezón que aún tenía entre sus dedos. Lo soltó de repente y con las dos manos empezó a estrujar ambas tetas, apretaba, pellizcaba, las unía, las soltaba, las levantaba, las amasaba, a la vez que mordía y succionaba los pezones, sin dejarla respirar, sin detenerse, con crueldad, con fuerza, con deseo. Se puso tras ella y cogió nuevamente los pezones tirando hacia él, ella no podía seguir su fuerza por la atadura, por lo que debía soportar los tirones, parecía que se los fuera a arrancar, balbuceaba

Mi Señor por favor. Por favor qué, perra?Duele, Señor.Lo sé perra, es lo que deseo, algún problema?No, mi Señor, ninguno. Gracias por usarme.Qué esperas? Caricias? Estas son mis caricias. Besos? Estos son mis besos.

Soltó sus tetas y volvió a ponerse a su lado cogiendo dos pinzas de cocodrilo por el camino. Colocó la primera y la hizo gritar. 

Así, quéjate perra, quiero oirte.

Puso la segunda en el pezón derecho, el más sensible y la perra empezó a lloriquear.

Lloriqueas ya? pues no te queda nada, querida y soltando una carcajada la dejó allí sola unos minutos. Empezó a revolver en su bolsa y a sacar instrumentos despacio, dejándola que viera lo que sacaba y asumiera cada objeto. Finalmente optó por el gato y se dirigió de nuevo a su lado.

Empezó a azotar los pechos, primero suavemente, después con más intensidad, haciendo que se fuera acostumbrando al dolor poco a poco para ir subiendo la velocidad, la frecuencia y la fuerza de los golpes. Ella se movía, intentaba apartarse, pero sabía que era imposible, él daba donde quería dar, no había una zona de las tetas que ya no estuviera roja, Señor, por favor, suplicaba, se quejaba, pero él no se detuvo hasta que consideró que era suficiente.

Dejó el gato y volvió a pasar su mano por el coño de la perra, comprobando que seguía chorreando, gotas de sus flujos habían llegado incluso al suelo. Introdujo tres dedos en su vagina y empezó a follarla con ellos. 

Mmmmmh mi Señorrrrrr, la perra se contorsionaba, gemía, suplicaba, más Señor, por favor más, mi Señor no pare. Se lamía los labios, los mordía, los apretaba, y su mano seguía entrando y saliendo de aquel coño empapado, más Señor, por favor. Cuatro dedos ya llenaban su coño, la follaban, la rompían. Sus tetas bailaban, las pinzas mordían sus pezones, más, Señor, por favor.

De repente sacó los dedos. No voy a dejar que te corras, no todavía, aún queda lo mejor, le dijo cogiendo la vara.

Asustada le miró, mi Señor la vara no, por favor, la vara no.Mi perra, la vara sí...

Y nuevamente empezó a azotar sus enormes tetas, con la fuerza suficiente para que finas lineas fueran apareciendo en su delicada piel. La perra lloraba desconsolada, suplicaba, babeaba, su cara era un poema y él lo disfrutaba, su polla iba a reventar el pantalón, cada súplica de la zorra le provocaba una convulsión en su sexo. Mi Señor se lo ruego, por favor, es horrible, no puedo soportarlo, por favor, mi Señor, por favor...

Se detuvo y se puso ante ella, levantó su rostro y le obligó a mirarle a los ojos.

Quieres que pare, perra?Sí mi Señor, por favor, se lo suplico.Qué me das a cambio?Lo que quiera Señor, lo que usted decida, pero por favor detenga esta tortura.

Sonrió, eso era lo que quería oir. Se acercó a la mesa y cogió un cigarrillo, colocándolo entre los labios de la perra y encendiéndolo.

Ella poco a poco más tranquila, agradecida por el gesto, succionó el cigarro y respiró hondo el humo.

Qué me das a cambio, perra?Lo que quiera Señor, lo que diga, lo que disponga.Estás segura?Sí mi Señor, estoy segura. No puedo soportar esa vara, no quiero decepcionarle, pero no puedo soportarla. Le daré lo que me pida.

Le quitó el cigarrillo de los labios mientras tirando de una de las pinzas levantaba una de sus tetas. La miró fijamente y le dió una calada al cigarro. Fue en ese momento cuando ella comprendió lo que va a ocurrir pero no iba a negárselo, era suya y un trato es un trato. Su fija mirada llevaba un interrogante y ella, muerta de miedo pero entregada como nunca sólo podía responder de una forma a su pregunta silenciosa.

Adelante, mi Amo.

Introdujo nuevamente los dedos en su coño, sólo tuvo que trabajarlo un rato para tenerla a punto de correrse, Ella nuevamente gemía, se convulsionaba, suplicaba, por favor Señor, puedo? Puedo, mi Señor?. Sonrió, dió otra profunda calada al cigarrillo poniéndolo al rojo, levantó más el pecho de la perra y sin más dilación aplastó el cigarro en la parte inferior del seno justo en el momento que ella se corría, provocando un alarido de dolor que le dió ambién a él el mejor orgasmo de su vida sin tocarse siquiera.

La besó en los labios, la desató y la acompañó al sofá para empezar a hacerle las curas.

Gracias, fea.

Y, como siempre, esa frase bastó para hacer que todo tuviera sentido...

Anastasia
10.12.2013

El encuentro

Hoy es el día fijado, por fin van a verse, encontrarse y disfrutarse. Tanto tiempo esperando ese momento y por fin había llegado. Los nervios se apoderan de ella, la tensión y la emoción la invaden, pero si algo no hay es miedo. Ningún temor. Sabe que puede confiar en él y ponerse en sus manos. Sabe que no le hará nada que ella no desee experimentar y sabe que la cuidará y la protegerá, aunque también sabe que será duro, que no será fácil. El es sádico y ella no es masoquista, sabe que le dará dolor y mucho, pero también sabe que quiere recibirlo únicamente por él y para él, porque su dolor es el placer de su Dueño.

Nada más encontrarse sus ojos, ella baja la mirada. El la coge de la barbilla y levanta su rostro. Mírame a los ojos y dime lo que quieres. Quiero que me use, Señor...

Ya está desnuda, de pie ante El, que la observa detenidamente regocijándose en sus nervios y curiosidad. De repente sólo una pregunta. 

Has traido tu libreta? Sí Señor, responde la perra señalándola con la mirada. El la abre y sonríe. 112 cigarrillos te has fumado en estos días, zorra? Sí Señor, estaba nerviosa. Excusas? Bien, esto va a ser divertido, el castigo se dobla por la excusa, las odio y te consta. Algo más que añadir?No Señor. Sabes cuánto me molesta que fumes, no? Sí Señor. Sabes que vas a pagar por ello, verdad? Sí Señor, estoy dispuesta.

El se levanta con parsimonia y la coge del cabello llevándola hasta la cama. Le coloca la mordaza, se quita el cinturón y lo deja sobre la mesilla. Quiere que sepa lo que le espera, que lo tema y lo disfrute. Acto seguido la obliga a tumbarse boca abajo y, lentamente, muy lentamente, ata sus manos y pies a ésta.

Aparta su cabello, acaricia su espalda y su culo... 

Estás preparada, perra?Sí, mi Señor.

Los azotes empiezan a caer, aparentemente descontrolados, si bien lo que menos les falta es control. Espalda, nalgas, piernas, alternando puntos e intensidades reciben la caricia del cinturón. Ella se mueve, gime, llora, pero El no se detiene, no hasta que vea la señal pactada y sabe que no la va a hacer. A cada azote ella piensa que no resistirá uno más, pero cuando le mira y ve su mirada de placer y orgullo, sus dudas se disipan y espera contraída el siguiente. Ya ha perdido la cuenta, no sabe cuántos llevan. Su cuerpo arde, pica, duele, las lágrimas inundan sus mejillas, pero aguanta firme, valiente, entregada.

De repente los golpes cesan y la voz de El inunda sus sentidos...

Estás bien, fea?

Escuchar esa frase hace que todo tenga sentido, que todo merezca la pena. El mundo se desmorona a su alrededor, su coño se empapa, sus pezones se erizan

Sí, mi Señor.

Acaricia las marcas del cinturón suavemente, con ternura, la desata con cuidado, le quita la mordaza, la obliga a sentarse y la mira a los ojos.

Ella le mira, humillada, servil, entregada, agradecida.

Sabes que no ha terminado?

Lo sé Señor.

Necesitas tiempo?

No, Señor.

Bien, entonces prosigamos, pero ahora quiero oir tus quejidos.

La obliga a tumbarse de nuevo ahora boca arriba, disfrutando de su expresión de miedo.

Faltan la mitad, estás segura?

Soy suya, Señor

Nuevamente empiezan a llover los golpes. Sus pechos, su vientre, sus piernas, su pubis reciben azotes, a veces más fuertes, otras más suaves. Ella se queja, suplica, lloriquea, reniega, balbucea, insulta, incluso, su cara bañada en lágrimas y babas, pero no dice su palabra de seguridad, no mientras vea lo mucho que El está disfrutando. Mientras piensa en ello, los azotes empiezan a focalizarse en sus pezones, sólo en sus pezones. Calambres de dolor recorren su cuerpo, grita, se desespera, se asusta, pero sigue sin decir esa palabra. Moriría antes de hacerlo. Una y otra vez, siente el golpe, una y otra vez se quiere morir, una y otra vez se siente feliz de servirle...

Finalmente termina la tortura. El suelta el cinturón, se desnuda despacio e introduce un consolador en su sexo empapado. Se sienta a horcajadas sobre su pecho, coloca el cinturón alrededor de su cuello e introduce su tremenda polla de un golpe en su boca.

Ella, ansiosa, lame, chupa, succiona, mordisquea, disfruta, se contonea, tiene arcadas. si sigue así no tardará mucho en correrse y sabe que eso no le está permitido sin permiso. El gime, grita, suspira, gruñe y sigue empujando, más adentro, más fuerte, más duro, cuando ve en sus ojos que ella está a punto de llegar al orgasmo.

La perra le mira, diciéndole con los ojos sólo una palabra, por favor. Suplicándole su autorización, El hace un gesto de asentimiento casi imperceptible y aprieta el cinturón, aflojando a la vez el ritmo de su miembro. Los ojos de ella se abren espantados, le falta el aire, se asfixia, va a morir corriéndose con la polla de su Amo en la boca, pero no hay miedo, sólo placer, qué más podría desear? Y en ese momento, justo en ese momento, se corre entre convulsiones que le devuelven a la vida al tiempo que su Dios afloja el cinturón y se vacía dentro de ella.

Anastasia ©
06.12.2013

El cazador y su presa


El Cazador estudia a la presa, la huele, la intuye, la valora, calcula su fuerza, la tienta sutilmente lanzando el cebo, esperando el momento de atraparla sin fuerza, sin presión, con inteligencia y sin prisas, haciendo que sea ella quien se acerque a El poco a poco, por su propia voluntad.

La presa sabe que el Cazador está ahí y disfruta de la sensaciones que le provoca su interés. Por fin la tensión, la adrenalina corriendo por sus venas de nuevo. Es aventurera, sabe que es muy posible que acabe entregándose y que eso le puede aportar grandes satisfacciones, pero es precisamente por ello que quiere demorar el momento. 

La experiencia le dice que nada que sea fácil lograr merece la pena y no quiere desaprovechar la oportunidad. Hace demasiado tiempo que caperucita no encuentra un Lobo a su altura...

Anastasia ©
01.06.2013

Su puta

La había obligado a tumbarse en la cama y le había atado los brazos en cruz, dedicándose ahora a sus piernas. Ella, por inercia, las estiró pero un azote en el coño hizo que las encogiera. 

- Te he dicho que las estires, perra? - No, mi Amo. - Pues dobla las rodillas y no pienses. 

Hizo lo que se le ordenaba y notó como una cuerda se enrollaba a su tobillo y al momento quedaba tensada. Acto seguido, otra cuerda por debajo de su rodilla le hacía separarlas. El repitió la operación con la otra pierna y admiró su obra, así la quería ver. Expuesta, abierta para El y sus planes.

Hoy vamos a jugar con fuego y lo vas a disfrutar, le dijo al tiempo que encendía un cigarrillo, y mientras lo fumaba, fue explicándole lo que le haría, despacio, con detalles, provocando que ella disfrutara de todas las sensaciones que le estaban causando sus palabras, estupor primero, temor después, deseo más tarde. Cuando terminó de fumar ella ya estaba húmeda y ansiosa. Ya la tenía donde quería, pero aún la haría desearlo un poco más.

- Pero antes de eso, querida, creo que me debes algo. - Sí, mi Amo, un castigo. - Has sido mala, verdad? - Sí, mi Amo. - Has sido la más puta, verdad? - Sí, mi Amo. - Qué instrumento odias con toda tu alma? - El cable, mi Amo. - Crees que mereces que te azote con el cable? Sería justo? Temblándole la voz, la perra respondió afirmativamente.- Cuántos azotes crees que mereces? - Diez, mi Amo. - Bueno, yo habría dicho que con cinco había bastante, pero si tú crees que son diez los justos, que sean diez, dijo soltando una de esas carcajadas que hacía que le odiara con toda su alma.Dónde los quieres, perra? - Mmmnno sé, mi Amo. - Bien, entonces decido yo. El primero en tu pecho izquierdo, después el pecho derecho, vientre, caras interna y externa de los muslos, caderas y el último en el clítoris.

Sin pensarlo empezó a azotarla, el dolor era terrible, el cable quemaba su piel, gritaba, le insultaba, suplicaba, pero El no se conmovía y no se detuvo hasta que finalizó su recorrido. Todo su cuerpo estaba marcado por dibujos enrojecidos. 

- Ah, se me olvidó decirte que hoy sí vas a tener marcas. Ya está bien de cuidarte tanto. Cuando te lo merezcas tendrás cuidados, mientras sigas comportándote como hasta ahora, te trataré como lo que eres. Voy a por una cerveza, ve pensando en lo que te espera.

Se alejó lo suficiente para que ella no le viera, pero siguió observándola. Aún lloriqueaba de dolor pero poco a poco fue relajándose y su expresión cambió. De nuevo estaba en el punto ideal para empezar a jugar en serio… era lo bueno que tenía, ella solita se hacía todo el trabajo, sólo había que darle una pequeña idea para que su mente la desarrollara y su sexo empezara a funcionar por su cuenta…

Volvió con la cerveza en la mano y se sentó a horcajadas sobre su vientre. Mirándola fijamente a los ojos encendió un cigarro, lo puso al rojo con una aspiración profunda y lo acercó a su piel. El temor se reflejaba en sus ojos, pero, como siempre, intentaba ocultarlo, mirándole fijamente, retadora, chula como ella sola. El cigarrillo se acercaba cada vez más a su pezón izquierdo, su respiración se aceleraba, el labio inferior temblaba ligeramente… 

- Sabes que tienes una palabra de seguridad, verdad? - Sí, mi Amo. - La vas a usar? - Jamás la he usado contigo y no será ésta la primera vez, mi Amo. - Así me gusta, esa es mi perra. 

Y sin avisar, con un golpe rápido de muñeca, tocó el pezón con la punta del cigarro. Ella dio un brinco pero no se quejó. 

- Te ha gustado, eh, zorra. Veremos si el otro lo aguantas igual de bien. 

Sin dejarla reaccionar, acercó el cigarrillo al pezón derecho, dejando que notara el calor. Empezó a gemir, le estaba quemando, pero quería más, lo necesitaba. 

- Lo quieres, perra? - Sí, mi Amo. - Suplícalo! - Por favor, mi Amo. Quémame. 

No hizo que lo repitiera y tocó el pezón manteniendo el contacto durante unas décimas de segundo. Gritó, gimió, suspiró y un orgasmo la recorrió de la cabeza a los pies.

- Te has corrido sin permiso? - Sí, mi Amo, respondió ella avergonzada. - Peor para ti, el próximo orgasmo tardará más en llegar y no creo que eso sea bueno.- Por qué no será bueno, mi Amo? - Cachisss, no te lo he explicado todo. Ahora lo verás, pero antes… te acabas de ganar otro castigo, no te parece? -y poniéndose en pie se desabrochó el cinturón-. - No, por favor, cinturón no. - Sí cielo, cinturón sí y te recuerdo que hoy quiero hacerte marcas, esta vez irán todas a las tetas. 

Lo quitó de un tirón y empezó a azotarle los pechos. Ella empezó con su baile habitual intentando escapar y su retahíla de insultos y súplicas, mientras el cinturón caía sobre sus tetas una y otra vez, siempre en el punto exacto que El estaba buscando. Cada golpe en el pezón iba acompañado por un grito de ella y una carcajada de El, pero no se detenía más que para tocar las marcas que iban apareciendo en su piel y los moratones que ya empezaban a asomar.Una vez satisfecho, cuando ella ya era un mar de lágrimas, se sentó y la abrazó. La tranquilizó, la besó, le dio las gracias. Dejó que se desahogara mientras la acariciaba como a una niña y le desató una mano para que pudiera fumar.

Acabado el cigarro la volvió a atar y empezó a acariciar su clítoris. Estás chorreando! Mira que llegas a ser puta, a ver si se va a apagar…

La última palabra quedó flotando en el aire, mientras ella intentaba discernir su significado y al mismo tiempo que El buscaba una vela. La partió por la mitad, abrió los labios de su coño y la introdujo en la vagina hasta la mitad, encendiéndola después. Ella empezó a ponerse nerviosa, pero cada vez más excitada. Cogió la otra mitad, la encendió a su vez y empezó a verter la cera en su coño. Ella gritaba, se quejaba. 

- Si te mueves te quemarás, tú misma. 

Intentaba estar quieta pero no podía, su clítoris estaba totalmente cubierto por cera, la llama cada vez se acercaba más a su piel… por favor, mi Amo, por favor.

- Quieres que la saque? - Sí mi Amo. - Qué me das a cambio? - Lo que quieras, mi Amo. 

Sonrió, sabiendo que ésa sería su respuesta. Extrajo la vela, encendió con ella otro cigarrillo y la sustituyó por éste. Lo introdujo hasta la mitad y cogió el vibrador. 

- Bien querida, ya sabemos que necesitas juntar las piernas para correrte, pero me temo que hoy no te será posible, tendrás que hacerlo con las piernas separadas. Y te conviene llegar rápido, el cigarrillo tarda 7 minutos en consumirse y tienes 3 minutos dentro, de modo que o te corres en 4 minutos o te quemas. Ha quedado claro?

Ahora sí estaba muerta de miedo, sabía que sería muy difícil tener un orgasmo en ese tiempo con las piernas abiertas y la mente puesta en el temor a quemarse, pero también sabía que no podía defraudarle, esta vez no.

El accionó el vibrador en modo lento y lo colocó en su clítoris, empezó a gemir y a retorcerse pero estaba demasiado nerviosa. -No voy a poder, no voy a poder- pensaba. Justo en ese instante abrió los ojos y se encontró con los suyos mirándola fijamente, transmitiéndole todo el amor y el orgullo que sentía por ella y sabiendo lo que estaba pensando… Sí puedes, córrete para mí, Neska. 

No hizo falta más. Escuchar su nombre de perra de sus labios era el mayor premio que podía obtener. Era lo que daba sentido a todo. Lo que convertía en natural que la torturara, que le quemara los pezones, que se los arrancara si eso era lo que quería, incluso que ese cigarro se consumiera dentro de su vagina. Y, con ese pensamiento, se corrió como la puta que era. Su puta.

Anastasia ©
01.09.2012

Una elección

No sé cómo puedes vivir y ser feliz en esa jaula cochambrosa, le decía, orgullosa y con un mohín despectivo, Reyna a su compañera de espacio, que no de Dueño... Yo, si mi puerta estuviera abierta como la tuya, huiría sin pensar, dejando atrás esta jaula de oro.

Sólo echaría de menos la profesionalidad de mis cuidadores, la rapidez de mis estilistas, las luces en las fiestas para las que me saca de aquí mi Dueño, la comodidad de este cojín sobre el que descanso cada noche. pero aun así me iría lejos, si tuviera la puerta abierta como tú la tienes ahora.

Desde el otro rincón, acurrucada sobre una vieja manta, una agotada y en estos momentos sucia perra, lanzando un suspiro de ensoñación responde...

Mi Amo siempre me deja la puerta abierta para que cada vez que lo desee me pueda ir, pero la libertad no tarda ni siquiera un par de horas en ahogarme, la falta de su voz de quemar mis entrañas. Yo, como tú, también echaría de menos a mis cuidadores, en mi caso a Ese que anda a mi lado superando conmigo los baches del trayecto, que me trae tal y como me ves ahora. También como tú echaría de menos a mi estilista, el cual, cuando se haya quitado el polvo del camino que hemos compartido, vendrá y, eso sí, muy despacio, mientras me habla, mientras me relaja, cepillará una y mil veces cada uno de mis pelos hasta que brille como la diosa que El asegura que soy.

Como tú también echaría de menos las fiestas con mi Dueño, pero en mi caso en la intimidad de mi rincón, sin exhibirme, pues El no necesita demostar al resto del mundo lo que sólo a nosotros nos pertenece...

Y no echaré de menos ese cómodo cojin, pues aunque ahora descanse en esta sucia manta, siempre, sea duro o blando nuevo o viejo, compartiré el mismo jergón acurrucada entre los brazos de mi Dueño al dormir.

La, en estos momentos, sucia perra, de pronto se alza orgullosa y altiva al descubrir que mientras hablaba su Dueño ha llegado y la mira con esos ojos cargados de orgullo y admiración que la hacen ser y sentirse una diosa.

Anastasia ©
04.12.11