sábado, 10 de mayo de 2014

Entrega?

Sé que este post va a levantar ampollas y vaya por delante que con mis palabras no pretendo juzgar ni condenar ninguna actitud. Líbreme dios! Básicamente porque no me considero una persona impoluta de pecados y, como siempre digo, tengo más defectos que virtudes, pero hace tiempo, demasiado tiempo ya, que este tema me quema en las teclas y no sería yo si no dijera lo que pienso. Aunque en esta ocasión, a diferencia de otras, espero conseguir ser justa y sobretodo sutil, principalmente porque la mayoría de l@s amig@s que me leen se encuentran en el caso que voy a comentar, y nada más lejos de mi intención que ofenderles.

Desde niña supe que era distinta, que tenía deseos distintos y fantasías diferentes a las de las otras niñas. Ellas soñaban con un príncipe azul que las recogiera en un caballo blanco y yo con un Cabrón que me diera dos hostias antes de raptarme para usarme a su gusto, que me encerrara en una celda y me sacara de ella sólo para sus perversiones, etc.etc. (no es literatura, es auténtico).

Más adelante, transcurridos los años y ya en la madurez, entré en este mundo maravilloso y, bueno, ya he explicado por ahí abajo como surgió la necesidad de vivir mi sumisión y cómo dí mis primeros pasos en este mundo que adoro, así que no me repetiré, pero sí hay algo de lo que no he hablado y es preciso que lo cuente para dar pie al asunto que quiero comentar.

Cuando tuve claro que quería vivirlo, que necesitaba vivirlo, más bien, yo estaba casada. Un matrimonio convencional, con un hombre convencional, al que de ningún modo podía hablarle de mis inclinaciones en este sentido. Sabía perfectamente que no lo entendería y que mucho menos estaría dispuesto a experimentarlo conmigo. Poco a poco, la necesidad empezó a ser acuciante. Naturalmente quería a mi marido, pero una parte de mí luchaba por salir. Mi vertiente sumisa se abría paso con toda la fuerza del universo. Seguía siendo la esposa y madre ejemplar, pero cada día que pasaba me sentía un poco más frustrada por no poder dar salida a esos impulsos que sentía desde muy jovencita. Naturalmente, esta frustración, como todas, empezó a hacer mella en mi matrimonio, la relación empezó a no ser tan bonita como antes y en poco tiempo se volvió insostenible. 

Yo sabía que estaba en mi mano recuperar aquella historia, conseguir que volviéramos a ser felices, puesto que el amor no se había acabado. Era yo, era esa perra, la que lo estaba destrozando poco a poco, al mismo tiempo que me destrozaba a mí misma, así que tenía que tomar una decisión. O bien olvidaba mis fantasías, recuperaba mi matrimonio y seguía siendo esa esposa clásica y ejemplar o, por el contrario, daba un giro de timón total y absoluto a mí vida, rompía con mi pareja y me lanzaba a por lo que necesitaba vivir.

No hace falta que explique cuál fue mi decisión. Estoy aquí. Pero sí que en estos once años transcurridos ni un solo momento me he arrepentido de tomarla. El bdsm cambió mi vida, me permitió ser yo misma, ser auténtica y sobretodo ser más libre de lo que había sido nunca. 

Pero... siempre existe un pero, llego a este mundo y me encuentro con que la mayoría de sus integrantes están casados o tienen pareja, al margen de sus relaciones bdsm. Que el 99% (por decir una cifra, que no he hecho una estadística, conste) de l@s Dominantes y sumis@s llevan una vida paralela. Y van pasando los años y sigo encontrándome con lo mismo. Sumisas a las que se le llena la boca al hablar de su entrega absoluta, incluso de esclavitud en algunos casos (dios mío!) pero digo yo que no será tan absoluta cuando tienen que cumplir con el que duerme al lado. Si el/la Amo/a exige, por poner un ejemplo, castidad durante tres meses... pasarán tres meses sin acostarse con el marido o la esposa?. No, claro, eso es un límite, igual que las marcas. Dominantes que presumen de cuidar a su sumisa totalmente y en todo momento, y también se me ocurre que si la sumi llama un sábado por la noche para que la lleve al hospital por un ataque de ciática, va a ser complicado montarse una excusa para la parienta. Bueno, eso no ocurriría porque seguramente no pueden comunicarse fuera de las horas estipuladas.

Entrega en cuerpo y alma... Lo siento pero no me cabe en la cabeza. No entiendo como puedes entregarte a una persona viviendo en pareja con otra. Tanto el Dominante como la sumisa (hablaré en estos géneros porque es lo que más abunda por aquí) no son una parte independiente del hombre, el esposo y el padre o de la mujer, esposa y madre. Comparten cuerpo, alma y mente. No me vale que me digan esa parte de mí es suya y la otra es de mi marido (o esposa). No hay compartimentos. Y ellos y ellas lo saben, porque si realmente fuera así de sencillo no tendrían que engañar a sus parejas convencionales (nunca usaré el término vainilla), se lo explican y listo, no?

Y al final resulta, tristemente, que la mayoría de relaciones bdsm son unos cuernos ordinarios, y me da una rabia tremenda que se vulgarice la belleza de una relación D/s, tanta pena que si no lo digo reviento.

Sé que cada historia es un mundo, que todos tenemos nuestras propias circunstancias que a veces se traducen en miedos o en imposibilidad de ir a por lo que deseamos, es por eso que, como he dicho al principio, no me atrevería jamás a juzgar a nadie y así espero que lo interprete todo aquel que lea esta reflexión, pero no puedo entender cómo pueden vivir la entrega que requiere una relación D/s, compartiendo su intimidad con otras parejas. No puedo entenderlo.

Anastasia ©


jueves, 8 de mayo de 2014

El castigo del silencio

Continuando con el tema del que hablaba ayer, creo que el silencio es incluso peor que la soledad, puedo estar sola pero si me acompaña algún sonido no resulta tan duro, en cambio si dejo de escuchar una voz que para mí es no ya importante, sino imprescindible y su silencio me envuelve, aunque esté acompañada me siento desamparada, como perdida en un agujero negro, sin saber a priori cómo llegué hasta ahí y deseando salir y volver a la normalidad.

El silencio de un Amo es el peor castigo que puede aplicar a su sumisa. Te sientes sola, desorientada, asustada. La primera sensación, y la más terrible, es que no sabes si te está castigando y como castigo tendrá una duración determinada o si, por el contrario, realmente le has ofendido tanto que te ha abandonado. Te invade el temor de no volver a escuchar su voz y eso te destruye. Después, por mera autoprotección, decides creer que te está dando un escarmiento, que volverá en algún momento y entonces te inunda el remordimiento por haber hecho algo mal, por merecer su ausencia. Más tarde el desconcierto se apodera de ti cuando te pones a pensar y descubres que no sabes cuánto durará ese silencio.

Son distintos sentimientos que vas experimentando a medida que transcurren las horas, los días. Durante el proceso pasas del estado histérico al llanto, del llanto a la indignación, de la indignación a la rabia, de la rabia a la tristeza, de la tristeza al malhumor, del malhumor a la impotencia y de ahí nuevamente al histerismo. Tu única salvación estriba en conocer a tu Amo. Cuando ha pasado el tiempo suficiente como para que puedas analizar la situación con frialdad, si le conoces de verdad, si sabes cómo se comporta, llegas a discernir que no tardará en volver y una vez te convences de esa certeza, es cuando empiezas a buscar tu error. 

Recuerdas conversaciones, reprimendas, rememoras cuántas veces te ha reprochado una actitud, cuántas te ha dicho no hagas eso o no te comportes así, cuántas te ha comentado sutilmente que no le gustaba que te relacionaras con alguien. Piensas en todas las ocasiones en que no has obedecido, que le has llevado la contraria, que has hecho caso omiso o que has buscado su enfado, retarle o sacarle de sus casillas. Poco a poco empiezas a entender por qué estás donde estás, asumes que son muchas las veces que has cometido el mismo error y calibras desesperadamente cuál fue el momento exacto en que le llevaste a decidir aplicar ese duro castigo. Llegas incluso a conmoverte, sabiendo que El lo pasa tan mal como tú, que quizás en ese momento sienta que no es un buen Amo, que ha fracasado en su intento de dominarte. 

Te destroza pensar que pueda sentirse frustrado, cuando la culpa es únicamente tuya, tuya y de tu rebeldía, tuya y de tu cabezonería, tuya y de tu maldita insumisión. Piensas que no es El, eres tú quien no sirve para esto. Llegas a la conclusión de que cualquier sumisa se sentiría orgullosa de pertenecer a un Dominante como El. Te cuida, te protege, te enseña, te guía, siempre de la mano, sin soltarte nunca, pero tú eres rabiosa, caprichosa, egoísta, siempre quieres más, siempre quieres pasar por encima y ahora tienes lo que te mereces. En realidad, decides, lo que mereces es que no vuelva nunca, aunque necesitas hablar con El una vez más, sólo una vez más, para decirle lo mucho que lo sientes, para hacerle entender que el error no es suyo, que no eres digna de alguien como El, que no crees merecer ni siquiera otra oportunidad...

Y cuando ya tienes eso clarísimo, suena el teléfono o se enciende una luz en la pantalla y tu Amo te pregunta ¿cómo estás? Y se abre el cielo, y das gracias a todos los dioses porque El ha vuelto, y te olvidas de todas tus promesas porque El ocupa todos tus pensamientos. Su imagen, su voz cálida te llenan, y rompes a llorar y le explicas cuánto le has echado de menos y le aseguras que nunca volverás a hacer algo así y le suplicas que vaya a verte y que te abrace y que no deje de ser tu Amo, y le juras que todo va a cambiar, que vas a ser la mejor sumisa del mundo por y para El... y El te tranquiliza condescendiente sabiendo que no será así, que nada cambiará pero, aunque no te lo dirá, eso no le importa porque te escogió a ti tal y como eres, y te sonríe, y el sol vuelve a brillar, y tú vuelves a respirar....

Anastasia ©


miércoles, 7 de mayo de 2014

Castigos

Existen muchas formas de castigar a una sumisa. Se puede usar el castigo físico, el castigo mental, dolor, indiferencia, el silencio, pero no hay mayor castigo para ella que saber que le ha decepcionado, que le ha fallado, que le ha ofendido, que le ha entristecido con su actitud... Ese es el verdadero castigo. El más doloroso y el que no tiene remisión, porque aunque pagues por él, seguirás sintiéndote fatal.

Puta sumisión...

Anastasia ©

sábado, 3 de mayo de 2014

Experiencias

Hace unos meses tuve una experiencia inolvidable desde mi otra vertiente, la dominante. Una sumisa muy grande, la más grande que conozco, que además es una mujer excepcional y una bellísima persona, decidió ponerse en mis manos después de muchos años de amistad y vivir conmigo un encuentro muy especial. Días más tarde, escribió en su blog el texto que paso a transcribir junto con mi respuesta al mismo, porque sí, porque quiero conservarlo en este rincón y porque me siento orgullosa, para qué negarlo, de haber sido capaz de inspirar algo así. Pedantería? Quizás. Nunca he negado ser pretenciosa, no voy a hacerlo ahora.

MI NUEVA PRIMERA VEZ

Tensión facial... esa dificultad para sonreír o expresar algún tipo de emoción sin parecer de cartón... eso fue lo primero que me produjo cruzar por segunda vez en mi vida aquel umbral.

Era extraño porque, las sensaciones previas a la sesión, no se parecían en nada a las que estaba acostumbrada a tener en situaciones semejantes; no eran mejores ni peores, simplemente no eran las mismas.

Se me ocurren múltiples razones para que eso pasara, pero después de darle una infinidad de vueltas desde que aquello sucedió, ya he hallado la respuesta: no había presión!!

Y que maravillosas son las experiencias en las que no existen presiones de ningún tipo; yo no las llevaba y ninguna de las personas allí presentes me las impusieron.

Con el tiempo, recuerdo aquella noche de distinta manera a que si hubiera escrito este blog días después, y la verdad que me alegro de haberme esperado, porque aunque quizás haya perdido frescura, he ganado perspectiva.

Ahí estaba Ella y no podía mirarla, me pidió que la mirara, y no podía, me ordenó que la mirara, y volví a sentir esa cara de cartón con la que había cruzado su umbral, esa sonrisa tonta que no puedes borrar de tu rostro.

La miré, la miré fijamente a los ojos, apenas sin pestañear, y como un flash que parece que dura horas vinieron a mi mente todas nuestras conversaciones y recuerdos mutuos (los divertidos, los tristes, los duros...) y a pesar de que mi cuerpo llevaba desnudo algún tiempo, fue sólo entonces cuando me sentí desposeída de cualquier prenda, escudo o esquina donde poder refugiarme... jamás he sentido esa desnudez de alma mirando a alguien.

Entonces comprendí que LA ENTREGA, ese regalo tan valioso que damos a la persona en cuyas manos nos ponemos, sólo es amor y respeto... nada más... sin miedos, sin expectativas por cumplir, sin fracasos posibles, sin decepciones ocultas, como dije anteriormente, sin presiones.

Y... estuvo muy bien, lo pasamos de puta madre vamos, jajaja, desde entonces a veces me sorprendo recordando algún momento concreto y automáticamente sale una carcajada por mi garganta y una gran sonrisa.

Cada minuto que duró la sesión, una pieza de mi puzle mental se colocaba en su sitio; aquellas piezas de puzle ahora sin hilos, que un día saltaron por los aires y que no había vuelto a poder ordenar, se colocaban solas, casi burlándose de mi, a cada azote, a cada pinza, a cada gemido, a cada palabra, a cada gota de cera, a cada caricia...

Ahora, con esa perspectiva que da la distancia, tengo el total convencimiento que tener esa sesión me ha proporcionado algo extremadamente valioso (a lo que aún no he sido capaz de poner nombre).

Y como una serpiente muda su piel, yo mude la mía, y no es por nada, pero esta nueva piel es además de más bonita, más mía.

Desde que te conocí siempre has estado ahí... tu mano siempre en mi espalda, sujetando mi alma...

A pesar de todo, siento que mi vida es muy afortunada... tu estás en ella... Gracias!

Lluna

Hay momentos en la vida, instantes fugaces a veces, que te hacen sentir muy bien y muy grande, que te hacen comprobar que estás en el camino adecuado, que no te equivocas en tu actitud y sobretodo en tus elecciones. No diré que me has dejado sin palabras, porque ya sabemos que si callo reviento, pero sí te daré las gracias por tu cariño, tu respeto y tu entrega, esa entrega que tú piensas que nació esa noche pero yo siento hace mucho tiempo.

A pesar de eso, lo que más me llena, sin ninguna duda, es haber podido ayudarte por fin a cambiar esa piel. Sólo por esa metamorfosis, ni por el honor de atravesar esa puerta contigo (que fue muy grande), ni por el placer (que lo hubo), ni por las risas (que fueron muchas), ni por la experiencia (que fue una de las más gratificantes de mi vida), sólo por tu liberación ha valido la pena, porque sabes muy bien que ese ha sido mi mayor objetivo desde hace mucho, mucho tiempo.

Gracias niña, gracias por todo. Te quiero

Anastasia

jueves, 1 de mayo de 2014

Límite superado

La perra quería, necesitaba dárselo, pero el temor a volver a sufrir lo ya experimentado la paralizaba. Hacía ya mucho tiempo que alguien que no tenía ni idea de manejar el asunto anal la había lastimado. Forzó una y otra vez su culito virgen, en la vieja certeza de que la letra con sangre entra, pero nunca había conseguido penetrarla completamente y tampoco no causarle un dolor indescriptible que le duraba varios días.

Habían pasado varios años de aquello, muchos, de hecho, y ella siempre se había negado a volver a intentarlo con nadie. Era su límite más sagrado, el que jamás pensaba superar. Su ano era sólo camino de salida, decía con sorna y lo estipulaba como intocable en el minuto uno de cualquier relación.

En esos años había pertenecido a dos Dominantes que, sin forzarla, habían intentado convencerla de probar asegurándole que no le harían daño, que la tratarían con cuidado, que la ayudarían a olvidar aquella pesadilla, pero a pesar de la confianza que tenía en ellos su mente estaba totalmente bloqueada a esa práctica, no sólo se negaba a que la penetraran con su miembro, sino también al uso de dedos, plugs o dildos, ante lo cual y para evitar males mayores, como los grandes Caballeros que eran, cesaban en su intento.

Pero apareció El. Desde el primer momento hablaron del asunto con toda naturalidad, como hacían con cualquier otro. Su Dueño le informó de que cuando estuviera preparada superarían juntos ese límite, pero sólo en el momento en que ella lo deseara.

Durante meses comentaban el tema, bromeaban sobre eso, hasta el punto de crear en la perra la necesidad de ofrecerle ese regalo. Igual que lo conseguía todo de ella. Sin presiones, sin fuerza, sin órdenes. Su leona pensaba que era tanto lo que recibía y tan poco lo que podía dar, que le parecía sumamente egoísta negárselo. Ser sumisa, se decía, no es sólo obtener lo que te gusta. Ser sumisa es esfuerzo, es lucha, es sufrimiento, es dolor; a pesar de que El le repetía una y otra vez que no sufriría, que no habría dolor, que conseguiría llevarla a obtener placer a través de ese nuevo camino.

Era el momento, pero El no lo tomaría a la fuerza. Si quieres dármelo, pídemelo, le dijo. Ella, asombrada de la seguridad que sentía, serena y confiada, le pidió que la usara.

No hubo dolor, sólo existíó ternura, cariño y un cuidado extremo. Mirándose a los ojos, cogidas las manos. Pendiente El de todas y cada una de las reacciones de su cachorra. Sorprendida ella por las sensaciones nuevas y diferentes que estaba experimentando. Disfrutando ambos del momento, la experiencia y de la entrega mutua que se brindaban.

Orgulloso de su perra, salió de ella y la besó. Ella, los ojos abiertos como platos y una sonrisa invadiendo su rostro, sintiéndose orgullosa de pertenecerle, grande por haber confiado en El y más Suya que nunca, musitó un gracias, mi Señor y se cobijó, feliz, entre sus brazos.

Horas después, una vez El se hubo marchado, Anastasia decidió escribir y compartir su experiencia. No suele dar detalles de sus encuentros, no acostumbra a hablar de su intimidad, pero necesitaba expresar hasta qué punto esta experiencia le ha demostrado una vez más, que todo, cualquier límite, cualquier miedo, es superable, siempre que se trabaje desde el cariño y la confianza. Siempre que nos pongamos en las manos de la persona adecuada... Y yo no podría estar en mejores manos.

Anastasia ©


domingo, 13 de abril de 2014

Orgullo personal vs Orgullo de sumisa

Alguien que me conoce muy bien, me ha hecho hoy una pregunta, ¿qué es más importante tu orgullo personal o tu orgullo por ser la mejor sumisa?.  No sabría qué decir a priori, así que antes de responder voy a reflexionar sobre ello hasta llegar a una conclusión, y voy a hacerlo aquí, a pelo, intentando escribir todo lo que pase por mi cabeza al respecto, no haciendo mucho caso a aquéllos que me aprecian y me recuerdan que no debería exponerme tanto, porque creo que el asunto del orgullo a vencer es más que común entre las sumisas. A ver qué tal sale el experimento...

Precisamente por el tiempo que hace que somos amigos y lo mucho que hemos vivido juntos en el aspecto bedesemero, este Dominante sabe lo orgullosa que soy y lo mucho que me cuesta vencer ese orgullo. Sabe bien que, aunque cuando han hecho nacer en mí una total y absoluta necesidad de entrega la sumisa acaba venciendo a la mujer en esa lucha de la que ya he hablado, el amor propio de la persona que existe tras Anastasia siempre está ahí, latente, impidiéndome hacer aquello que me piden y que, tengo que reconocerlo, a veces la perra está impaciente por vivir. 

Por otro lado, también es cierto que si algo me llena como sumisa más que ninguna otra cosa es ver la satisfacción de mi Dueño en sus ojos o escucharle decir lo orgulloso que está de mí por mis logros o avances, lo cual, por ende, provoca en mí ese mismo sentimiento y me hace sentir la más grande, la mejor, única y especial, esa auténtica diosa a la que tantas veces me refiero.

Ahora bien, llegados a este punto, observo que de lo que se trata no es "tan sencillo" como saber cuál es el orgullo que prevalece, sino cuál de las dos mujeres prevalece... una vez más. La mujer o la sumisa. Así de simple, porque no podemos olvidar que tras la perra a la que sólo algunos privilegiados han puesto de rodillas sigue existiendo esa mujer. Esa sumisa que por entrega y vocación de servir se comerá su orgullo, habita en la mente de esa mujer. Esa mujer que después obligará a la perra a enfrentarse a su rabia por haber cedido, porque la muy zorra se queda ahí, esperando y diciendo ya te pillaré. Ya se alejará El y volverás a ser tú y entonces te recordaré lo que has hecho y cómo te has dejado vencer.

Ummm, releyendo me doy cuenta de que tengo que volver un par de párrafos más arriba y he de cuestionarme algo de lo que no me había apercibido y creo que puede ser importante para llegar al quid de la cuestión. ¿Ese orgullo que me hace sentir una diosa lo experimenta también la mujer o sólo la sumisa? Es decir, rizando el rizo (en mi línea), ¿cuál de las dos se siente orgullosa por haber sido capaz de vencer su orgullo y haberle dado a El lo que quería? Más aun ¿qué orgullo ha sido vencido en realidad, el de la mujer o el de la sumisa?

Rememoro momentos en los que he experimentado esa sensación post-encuentro (sigo negándome a llamarlo sesión) y recuerdo perfectamente cientos de peleas a muerte entre ambas. Y si soy sincera, que es de lo que se trata, nunca, ni una sola vez, jamás, la mujer se ha sentido mal por haberle permitido doblegarme, de ahí la rabia que mencionaba, porque a mi cerebro de mujer independiente, fuerte, en esos momentos le repatea admitir lo mucho que lo disfruta, aunque acaba no quedándole otro remedio. Todo lo contrario a sentirme mal, en realidad esa sensación de grandeza por lo experimentado ha acompañado durante días a la mujer, sintiéndome orgullosa de ser lo que soy y feliz por tener la fortuna de vivirlo. Cada vez que he acariciado mis marcas, aun recordando la mayoría de ocasiones que son fruto de la doma de mi orgullo, de mi educación en este sentido, siempre me he sentido orgullosa de ellas y de haber avanzado un pasito más.

Llegados a este punto, el encuestador diría: "Entonces...?" y la respuesta creo que es clara y contundente. No existen dos orgullos. El orgullo de la mujer y el orgullo de la sumisa son sólo uno, porque ambas son la misma persona y lo que hace una repercute a la otra. Ahí está la verdadera cuestión. Cuando la mujer se muestra orgullosa (hablamos siempre dentro de la escena bdsm), la sumisa acaba sufriéndolo porque no hace las cosas bien, decepciona su Amo y se siente fatal; en cambio cuando la sumisa obliga a la mujer a comerse su orgullo, consigue la felicidad de ambas, de la perra durante y de la mujer después; por lo que la conclusión es radical, siempre es más fuerte el orgullo de la sumisa, porque ser la mejor sumisa para El es lo que me hace ser más grande como mujer y persona, es lo que me convierte en una diosa.

Anastasia ©







viernes, 11 de abril de 2014

Masoquismo, dolor y entrega.

Cuando me detengo a pensar en mi condición dentro del bdsm y a pesar de mi conocida versatilidad a temporadas cuando me lo pide la mente (que no el cuerpo), suelo centrarme únicamente en mi vertiente sumisa, no dando demasiada importancia a la opción masoquista que va dentro del "paquete". 

De hecho siempre me he definido como más sádica que masoca, y si tengo que matizar no me cuesta admitir que soy masoquista "a la carta". Supongo que no la única, por cierto. Está claro que quien no es masoquista, quiero decir, quien no disfruta del dolor "per sé", reconoce ciertos dolores o dolor en determinada medida aplicado en ciertas partes del cuerpo, como un intensificador del placer o un complemento de éste, pero ciertamente la mayoría de sumisas que conozco no gozan cuando sufren dolor si no va acompañado de otras sensaciones.

Como digo, yo siempre he pensado sin detenerme mucho a profundizar en ello, que definitivamente no me gusta el dolor en general, así como he creído que estoy bastante limitada en este aspecto puesto que me considero poco resistente a él o con el famoso umbral del mismo relativamente bajo, así que en uno de mis momentos de introspección decido analizar si realmente mi percepción es correcta o, por el contrario, soy más masoquista de lo que quiero admitir.

Admitir, cuestión importante. Sí que es verdad que me reconozco como una persona viciosa. Me "engancho" a todo lo que me pone, por lo que he de tener máximo cuidado con acercarme a algo que pueda correr el riesgo de motivarme demasiado, puesto que ahí me quedo así, "enganchada", obviando los daños colaterales que pueda acabar sufriendo. A eso me refiero cuando quizás, y digo quizás, no se trata de no haber profundizado nunca en esta cuestión, sino en que no me interesara hacerlo, no fuera a descubrir que la cosa del daño físico verdaderamente me pone y acabe siendo uno de estos "enganches", con lo que inevitablemente terminaría en esa espiral en la que siempre quieres más y al final no existe límite.

Aclarado este punto en mi retorcida mente (lo que tiene el conocerse muy bien), sigo analizando y rememoro escenas (odio el término sesión, no sé si lo he comentado alguna vez) en las que el dolor ha sido el centro de la experiencia, y escarbando, escarbando, resulta que sí han existido ocasiones en las que rotundamente me han llevado casi (casi eh) al límite de mi resistencia.

Pienso en momentos determinados en los que el dolor ni se acompañaba de placer ni existían expectativas de que lo hubiera (placer sexual, entiéndase), momentos en los que el "sufrimiento" era extremo, casi insoportable, hasta tal punto que se dan aquellos instantes en los que piensas que no podrás tolerar un golpe más, pero en cambio resistia uno y otro y otro más, permitiéndole seguir hasta que El considerara oportuno. Y también ahora sé que de ningún modo le habría pedido que se detuviera más que unos minutos para darme un respiro.

El siguiente paso, como no podría ser otro, es que cuando llego a esa conclusión me digo, vamos a ver querida, si no disfrutas el dolor y en esos momentos El no usaba éste como un incentivo para prolongar el placer, acentuarlo, intensificarlo o lo que sea, ¿Por qué demonios te resultaba tan excitante que te azotara y te hiciera sufrir?. ¿Eres en realidad masoquista? ¿Será esto lo que ellos (los masocas) llaman disfrutar del dolor físico?.

Vueltas y más vueltas intentando discernir qué soy, cuál es mi verdadero nivel, dónde está mi umbral y claro, una compara lo vivido con lo que ha visto por ahí, principalmente culos a rayas o totalmente morados e hinchados y piensa... pues va a ser que no, que no aguanto lo que aguantan otras; pero hago memoria o miro fotografías y me doy cuenta de que sí han habido morados, verdugones y marcas que han durado semanas, osea que... ¿sí soy masoca?.

Pero finalmente, después de días y días de dudas, una lucecita se ilumina y todo se aclara de repente al recordar que a ese nivel sólo he llegado con determinadas personas, y llego a la deducción de que ni soy masoquista, ni sufro con el dolor, pero sí soy más sumisa de lo que yo misma quiero admitir. 

Sé que nunca le serviré café envuelta en latex, ni le daré la razón porque sí, ni me mostraré servil, humilde y entregada en todo momento, ni callaré cuando El hable, ni me arrodillaré a sus pies mientras lee la prensa. Posiblemente le llevaré la contraria más de lo que debería, le discutiré todas y cada una de sus opiniones, pelearé, le motivaré, le haré enfadar e incluso a veces conseguiré que me odie, pero a pesar de todo, en realidad lo que me ha hecho resistir, aguantar y disfrutar el dolor que ha decidido darme porque lo merecía, porque le apetecía, porque sí, no era otra cosa que el deseo de dárselo todo, de darle más, de demostrarle mi intención y voluntad, de que me sienta Suya.

Lo que me convierte en masoquista es lo mismo que me convierte en amiga, consejera, terapeuta o puta. Lo que me convierte en masoquista es mi Entrega. Sin más.

Puta sumisión...

Anastasia ©